Hubo un tiempo casi mitológico en el que Internet servía para precisamente ir a otros sitios de Internet. Coloquialmente era eso de navegar por la web. Clicabas y casi por arte de magia, pasaban cosas fuera de la plataforma en la que estabas. Hoy eso suena tan lejano como imprimir un email.
Ahora mismo, el link es el principal sospechoso en este Cluedo digital. Todo enlace se entiende como peligroso a la vez que considerado enemigo.
No porque no sea de valor ni se pueda incluir sino porque sencillamente, no conviene y no encontrarás post en el que sea una de esas recomendaciones para ganarte al famoso algoritmo.
Por eso escribimos aquí. Como vía de escape que tiene la libertad de indexar todo lo que queramos y nos convenga. No como saturación sino como respuesta. Este artículo no es una solución sino un síntoma.
El problema real es estructural, transversal y perfectamente racional desde el punto de vista del famoso negocio. Business is business. Las redes sociales no odian los enlaces por razones técnicas sino porque su rendimiento es realmente (a veces incluso demasiado) bueno.
Es la prueba definitiva de interés.
El gran malentendido: tu seguridad
Cada vez que una plataforma limita algo que los usuarios quieren hacer, aparece el mismo argumentario tan reciclado como insípido. Esa razón cuidadosamente empaquetada para sonar éticamente responsable con la audiencia: es por el spam, es por tu seguridad, es por la integridad de la experiencia.
Todo suena tan adulto e institucional que hasta puedes oír la voz del Gran Hermano: confía en nosotros, sabemos lo que hacemos. Y durante un tiempo, incluso cuela.
El problema es que basta con rascar un poco para que el castillo de naipes se caiga solo. El spam no desaparece porque elimines enlaces, simplemente se profesionaliza. La seguridad no mejora cuando empujas a millones de usuarios a escribir URLs rotas, bios que parecen sacadas de Frankenstein o comentarios a reventar de link en stories o en BIO.
Esa famosa experiencia, suele mejorar cuando el usuario aparte de no sentirse como un tonto, consigue hacer exactamente lo que vino a hacer. Se consigue cuando resuelve su intención de búsqueda no cuando se le añade más fricción arbitraria escondida de falsa seguridad. El problema nunca fue técnico. Fue puramente económico. Y cuanto antes se asuma, antes se entiende el resto de la película.
El enlace externo como amenaza al modelo de retención
Un enlace clicable es una puerta de salida. Y las plataformas modernas no están diseñadas como plazas públicas sino más bien como esos aeropuertos con mil señales menos la de la salida: llenos de entretenimiento, tiendas, pasillos infinitos y una música de fondo tan reconfortante que te invita a quedarte un rato más. Solo un poco más.
Cada clic que te saca fuera implica menos tiempo dentro, menos impresiones publicitarias, menos datos de comportamiento del usuario y, sobre todo, menos control del recorrido del usuario. Es decir: menos negocio. No es un tema de ética sino de contabilidad. Números contra personas (una vez más).
Por eso el enlace no se elimina del todo, eso sería demasiado evidente, pero se intenta domesticar y educar. Se vuelve incómodo y condicional. Te dejamos salir, sí, pero solo de cierta manera, en ciertos formatos y sobre todo, bajo ciertas reglas. Link en bio, links en stories, links en ads, links para cuentas que ya nos interesan. Suficiente para que las redes sociales puedan seguir difundiendo su discurso de falsa libertad ofreciendo opciones pero no las suficientes como para no perder el control del público.
No es Instagram. Es el patrón
Instagram no inventó esta lógica. Tampoco Facebook ni ninguna de las otras aspiradoras de atención. Estas solo se ejecutan con especial descaro y una narrativa tan afinada que a veces solo queda levantarse y aplaudir. El mismo patrón aparece, con distintos matices, en casi todas las plataformas presentes y pasadas.
LinkedIn penaliza enlaces externos en el feed mientras predica eso de crear conversación y aportar valor. TikTok prioriza formatos que mantienen el scroll infinito y relega los enlaces a espacios secundarios, casi decorativos. Nuestra siempre especial X (antes Twitter) juega a favor o en contra de los enlaces según quién pague la fiesta esa semana. Substack, o YouTube también tienen su propia versión del dilema: ¿tráfico propio o tráfico libre?
La respuesta suele ser la misma en todos los casos: somos libres pero no mucho. Como si la condición de la libertad no debiera ser tan rotunda como absoluta. Estamos abiertos, sí pero con condiciones. Te dejamos actuar, te permitimos estar conectado siempre que no rompas el modelo, claro.
El algoritmo como excusa elegante
Aquí entra el comodín favorito del discurso moderno: el algoritmo. Nadie te dice explícitamente que no pongas enlaces. Simplemente el famoso algoritmo decide que tu post con link rinde peor, impacta a menos audiencia o directamente desaparece en la marea infinita del feed. Como si fuera un fenómeno meteorológico imposible de anticipar, y no una serie de decisiones humanas convertidas en reglas matemáticas.
El algoritmo no es una entidad neutral. Es una decisión editorial con números. Y sus prioridades están bastante claras: retención por encima de valor, permanencia por encima de eficiencia, ecosistema cerrado por encima de puertas abiertas. Si tu contenido ayuda demasiado rápido al usuario a irse, algo estás haciendo mal y no para el usuario sino para la red social de turno.
El usuario quiere soluciones. La plataforma, más bien no
Aquí es donde aparece el choque real. La lucha de titanes que no se suele decir en voz alta y casi nunca se reconoce en público. El usuario entra en una plataforma para resolver algo, encontrar algo, comprar algo, aprender algo o, simplemente, ir a algún sitio mejor que el actual. Hay una intención clara, práctica y en muchas ocasiones acompañada de urgencia. No entran para contemplar el producto de turno sino para usarlo como medio.
La plataforma, en cambio, tiene otras prioridades. Quiere que te quedes, que vuelvas, que no necesites salir y que, si es posible, todo pase dentro de ella. No quiere ser camino sino meta. Una interminable, por cierto. No le interesa tanto que llegues rápido a la solución como que el camino hasta ella sea largo, medible y sobre todo monetizable.
Ahí es donde el enlace se vuelve problemático. Porque un link eficaz demuestra que hay vida más allá del feed y soluciones que no pasan por ser una mera intermediación. Demuestra que la plataforma no es imprescindible, solo conveniente. Como todo en esto del Internet. Y eso es peligroso para un modelo basado en la atención como principal y escaso recurso que a la vez es acumulable y se vende constantemente al mejor postor. La puja de nuestra época.
El negocio detrás de limitar los links en redes sociales
Esta es probablemente la parte más incómoda de aceptar, porque elimina cualquier esperanza de malentendido. No falta tecnología, no es complicado de implementar y no es que nadie lo haya pensado tarde. Está decidido así, de forma consciente, revisada y validada en multitud de ocasiones.
Cuando entiendes esto, muchas piezas encajan de golpe y el puzzle se resuelve solo. Por qué los formatos cambian cada seis meses sin que nadie lo pida. Por qué las métricas premiadas no coinciden con el valor real que recibe el usuario. Por qué siempre aparece una nueva capa, una nueva excepción en la regla y nunca una solución directa y definitiva.
No se trata de un error sino de un modelo cuidadosamente calibrado y calculado.
Cómo las redes sociales priorizan su negocio sobre el usuario
Las plataformas no se diseñan en función de la demanda de los usuarios. Ofrecen y luego preguntan (si eso). Se diseñan para mantener el modelo vivo a toda costa. Cuando los intereses de ambos se cruzan, se suele llamar buena experiencia, y ahí es cuando aparecen los hilos celebrando el gran rendimiento de la plataforma de turno y se pone incluso de ejemplo de best practices en conferencias y seminarios.
¿Pero qué pasa cuando esos intereses no coinciden? Absolutamente nada. La banca siempre gana y el negocio sigue igual sin levantar la voz. No hay drama, ni conspiraciones solo incentivos bien ordenaditos y alineados junto a esas métricas tan claras que, desde dentro, siempre parecen coherentes. Desde fuera, en cambio, no se percibe mucho y esa es la gran victoria.
Cuando el link vuelva…
Si algún día pasa de forma natural, clara, visible y sobre todo, sin ninguna penalización implícita, no será porque las plataformas se han vuelto honestas. Sino porque el modelo publicitario habrá cambiado o la presión regulatoria ha llamado a la puerta. O bien la atención no será el recurso infinito para monetizar o la comunidad se habrá cansado y empiece un éxodo de las redes sociales. Uno de verdad.
Hasta entonces, seguiremos escribiendo como ninjas los link en bio como quien pide permiso para ir al baño en plena clase. Seguiremos pidiendo perdón sin haber hecho nada mal y eso, aunque parezca algo menor, dice más de las plataformas que de los usuarios.
Como siempre.





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